LA FAMILIA PERFECTA ¿ES POSIBLE?
Cuando el título incluye la expresión “La familia perfecta”, alguno pudiera preguntarse ¿cómo es posible hablar seriamente sobre este tema con tal título? La verdad es que nunca, nadie me ha dicho “mi familia es perfecta” y sepan que con muchísimos padres, madres e hijos he intercambiado pareceres. Por supuesto, mi familia tampoco lo es. De hecho, al cabilair, deberíamos llegar a la conclusión de que no saldrá algo perfecto si quién lo procura no lo es y, por naturaleza, no lo somos; así que debemos aceptar que la perfección no podremos alcanzarla. ¿Y qué pasa conque Dios, que sí es perfecto, nos creó a su imagen y semejanza pero imperfectos? pues, no nos metamos por allí, no al menos en este momento. Lo que sí podemos alcanzar es el empeño para mejorar constantemente, porque imperfectos somos pero también somos libres, inteligentes y buenos; por tanto capaces de amar y el amor perfecciona, somos perfectibles. Pero algo que nos sucede es que nos acostumbramos a “ser como somos” y pensamos que así está bien, y quizá esté bien, pero no es suficiente. Asumir nuestra imperfección debe atenderse sin agobio y, por el contrario, atenderse con esperanza, con confianza en lo que somos. Nuestra familia merece observar en los padres esa confianza y verles vivir con esperanza.
Podemos decir de algo que es perfecto dado “que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea”. Esta definición del Diccionario de la Real Academia se aplica, por ejemplo, a una lechosa o papaya, pero no a la persona humana. Aún así, seguiré utilizando el calificativo Familia Perfecta porque sé que nos entendemos. Una cosa más, de una máquina o instrumento muy avanzado tecnológicamente decimos con toda frecuencia que es perfecto, pero sólo para reconocer al poco tiempo que ya se tiene una versión superior del mismo. Así vemos que hay una diferencia en la noción de perfección entre los productos de la naturaleza y lo producido por el ser humano que de alguna manera hereda la imperfección.
Si nos metemos en internet encontraremos muchos artículos, ensayos o investigaciones que utilizan esa misma expresión “la familia perfecta”. No obstante, en mi caso, quise utilizarlo para poder ensalzar la maravilla que es el ser humano y hacerlo dentro de un marco vivo y expandible, porque viva y expandible es la realidad humana, la familia incluida. Es el propósito de este escrito animarles a seguir adelante, cosa que casi nunca será en bajada, porque el camino del bien es arduo como dicen los filósofos, sino en subida pero nunca con desánimo. Será una subida con gran alegría, aquella aportada por la confianza y esperanza; así subir escalón por escalón les parecerá que vale la pena, subir aunque sabemos que nunca llegaremos a esa perfección que anhelamos porque somos inteligentes y amamos. Y es que cada escalón guarda tesoros que motivan a seguir subiendo.
Quiero plantear tres sólidas herramientas, que son actitudes, para caminar hacia la familia perfecta, ellas son: asegurar que tenemos buenos criterios, sin acomodaciones; el querer seguir, para encontrar mejoras como padres y educadores; y estar atentos a las circunstancias, que son oportunidades para aprovechar. En cuanto a la primera herramienta, la rectitud de nuestros criterios, es bueno recordar aquel dicho “Al pan, pan, y al vino, vino”; es bueno recordarlo porque en estos días se promueve solapadamente cambiar el sentido de la palabra y el lenguaje, animado este descamino por establecer una especie de nueva conciencia. Hay familias que llevan su matrimonio y educan a sus hijos con riesgo por tener criterios erróneos: tendrían que revisar sus criterios, como nos convendría a todas revisarlos eventualmente. Tengamos en cuenta que no en balde se dice que mirando a través de la misma ventana cada quién ve las cosas de manera diferentes. Es porque somos diferentes, tanto en cuanto a intereses como en cuanto que cada uno ha formado sus propios criterios, con los cuales, podríamos decir, vemos las cosas, decidimos y actuamos. Les pondré un ejemplo que espero sirva para notar cómo a veces formamos nuestros criterios con marcada inconsistencia. Hace pocos días me comentaba un profesor, que es excelente profesional en un reconocido Colegio, como, dada la cuarentena por pandemia, se estaba comunicando mediante internet con sus alumnos del último año de bachillerato, esta vez con ocasión de revisar la presentación que de una de las materias académicas se realiza presencialmente en el mismo Colegio, pero que en estas circunstancias se está realizando a distancia utilizando videos vía internet. Pues bien, en un determinado momento le dijo a uno de sus alumnos que realizara de nuevo el video porque estaba deficiente. El alumno sorprendido preguntó ¿y podemos hacerlo de nuevo?. El profesor nunca indicó que el video sólo podía realizarse una vez y cómo fue que el alumno se formó ese criterio no se sabe, pero así son las cosas. Podríamos entonces preguntarnos cómo es que hemos formado los nuestros, por ejemplo, respecto a qué es la verdad, el matrimonio, la libertad, la autoridad, el carácter, la sexualidad, el trabajo, la empresa, el mejor día de la semana, entre muchos otros, los cuales es necesario tener muy claros y adecuadamente planteados porque repercusiones hay.
La segunda herramienta es tener la actitud de querer mejorar como padres y educadores, que es un acto libre, acto de la voluntad que sigue a la inteligencia y es amor, que trata de animar el empeño en utilizar permanentemente el margen de crecimiento humano, que nunca se agota. Recuerdo aquel taller para padres que ofrecí en un excelente Colegio, lo titulé con una cuestionadora pregunta “Papi ¿tú realmente sabes a dónde me llevas? Cómo responderíamos si nuestros hijos nos hicieran esa pregunta. Se puede responder de muchas maneras mientras se construye el sendero educativo con lo que cada uno tenga, pero los padres deberíamos tener muy en la mente y el corazón que todo camino se transita para llegar a un destino, el cual, parece lógico, deberíamos conocer para construir el camino en concordancia con su fin, pero no siempre es así; resulta frecuente que simplemente sigamos sin tener muy claro a dónde vamos. Nos puede ayudar para mantener enfocado el propósito del camino, aceptar la compañía de una experta que señala cuatro objetivos educativos a los cuales deberíamos mirar con frecuencia, como si fueran avisos publicitarios que nos agradan, como para dirigir la construcción del camino. Estos son: primero, enseñar a autodominarse, conocerse para llegar al ser; segundo, enseñar a querer, conocer el sentido de la vida y procurarlo; tercero, enseñar a servir, disfrutar sirviendo más que sirviéndose; cuarto, enseñar a pensar, tener pensamiento crítico. Todos estos objetivos educativos, de entre los cuales yo deduciría la amistad para tenerlo como un quinto objetivo y enseñarlo con especial atención, comienzan a educarse desde muy temprana edad. Hace varios años, habiéndome quedado a dormir en casa de unos familiares, recuerdo aquella mamá que muy temprano en la mañana fue abordada por su hijo mayor, en esa época contaba él con unos cuatro años y junto con su hermano menor se preparaba para ir ese día al preescolar. Pues, este niño le preguntó ¿mami, éste es mi zapato?. Me sorprendió la respuesta de la mamá, yo le habría dicho si es o no es, pero esta mujer le contestó sabiamente con una pregunta: ¿cómo puedes saberlo?. En ese momento tan crítico, imagínense, 6:45 de la mañana, se dio entre ellos este maravilloso intercambio; el niño pensó por un momento y luego dijo, “mirando el número”; fue con su hermano y le comunicó, “este es el mío porque este es mi número, este otro es el tuyo”. Así que, a su corta edad, ese niño había construido una pequeña parte del camino hacia los cinco objetivos educativos, sin plan alguno ¿o sí había un plan?
La tercera herramienta o actitud parental para ir hacia la familia perfecta es estar atentos para poder aprovechar las oportunidades educativas. A los padres se nos va el tiempo en todo tipo de tareas, pero el asunto de la falta de tiempo no es lo que evita estar atentos, realmente lo dificulta no establecer conductas prioritarias. No se trata de tener que montar complejos escenarios educativos, sino de aprovechar las circunstancias normales de la convivencia diaria con el uno y con el otro, porque cada uno necesita de su particular atención, de su propio momento, cada uno es único e irrepetible, como ha sido dicho por grandes pensadores, y por padres sensatos; pero también cada uno necesita de la atención en conjunto o para el conjunto, porque somos seres sociales. Hay una circunstancia de todos los días la cual es el retorno del trabajo del papá o de la mamá a ciertas horas de la tarde o de la noche ¿Acaso nos hemos fijado en cómo llegamos a casa cada día, con el fin de ir mejorando nuestra actitud para la atención a la familia en ese momento, o simplemente llegamos? Si hicimos un buen trabajo cansados llegaremos, y aún así persisto en preguntar ¿cómo llegamos, qué hacemos cuándo llegamos, con qué actitud hacia la familia y el trabajo nos ven llegar los hijos?. Seguramente algunas mejoras se podrían acometer par aprovechar este ejemplo. En otra oportunidad hablaremos de propósitos y planes.
En fin, si perfecto es aquello que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea, podríamos decir que todo el esfuerzo de formación en la familia debería conducirnos por un camino en el cual se acrecienten todas las virtudes hasta llegar al punto de vivir esmeradamente el respeto hacia los otros, no sólo promoviéndoles en sus fortalezas sino también comprendiéndoles en sus defectos, llegando incluso a amar sus defectos, como propone san Josemaría Escrivá. Si pudiésemos llegar a este grado de bondad y excelencia, donde se reconocen los defectos del otro pero a los mismos respetamos porque comprendemos que allí se encuentra la posibilidad de ayudarle a lidiar con la mejora personal y de encontrar maneras de acrecentamiento virtuoso, entonces quizá podríamos hablar de “La familia perfecta”. Llegar allí supondría que la familia en su conjunto ha subido todos los escalones, habiendo resuelto la contradicción que se presenta entre no ser perfectos y la llamada a serlo. Sus hijos son imagen y semejanza de Dios, mantenerse como padres en el camino de perfección es lo que te permitirá que ellos se saquen más brillo en lo que son... esta es la misión.
Ángel Montiel C.
crescacoach@gmail.com
Instagram: angelmontiel_atl

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